jueves, 9 de diciembre de 2010

Contra el dolor ajeno


Hace unas semanas me llegó por medio de una amiga una campaña solidaria de Médicos Sin Fronteras. Las “Pastillas contra el dolor ajeno”. Se venden en las farmacias por tan sólo un euro que irá destinado a financiar tratamientos de enfermedades “olvidadas”.
  

Me pareció una iniciativa loable, ya que no puedo hacer mucho con mi propio dolor, puedo solidarizarme con millones de enfermos olvidados.  Una cajita con seis caramelos de menta que representan a seis de las catorce enfermedades que la (OMS) cataloga como “olvidadas”, enfermedades que se cobran 14 millones de vidas al año.
  
Me fui de cabeza a la farmacia pensando en que era extraordinario poder hacer algo por el dolor de los demás.  Esto me hizo pensar en lo rápido que nos volcamos con “los demás” cuando “los demás” están lejos. Cuando son “los demás” en general.  Nos solidarizamos  con los damnificados del terremoto, del tsunami de tal o cual sitio.  Y ese volcarnos en ayudar a  “los demás” nos reconcilia con el ser humano cuándo le creíamos ya deshumanizado.  Bien decía  “Che” que -“La solidaridad es la ternura de los pueblos”-. 

¡Qué poco podemos hacer cuando el dolor nos queda tan lejos!  Sus lágrimas son nuestras, nuestra es su pena. También la esperanza es nuestra y poco más.

Pero,  ¿el dolor de “los demás” siempre está tan lejos?  Decía el sabio rey Salomón:  “porque ellos conocen cada cual su propia plaga y su propio dolor”.  Sí, seguro que a 15 centímetros de mi hay alguien que está sobrellevando “su propia plaga y su propio dolor”.  La señora que tenía delante en la caja del supermercado, el señor que me quitó el aparcamiento aunque yo llegué primero,  la amiga que siempre me abraza con una sonrisa de oreja a oreja… los que conozco y los que ignoro, todos tienen “su propia plaga y su propio dolor”. Para algunos el dolor es tan intenso que sienten como el profeta Jonás:  -“Mejor es mi morir que mi estar vivo”-. 

¿Cómo respondo ante este dolor de “los demás”?
¿Me humanizo con los grandes desastres y me deshumanizo si “los demás” tardan más de 10 segundos en salir pitando cuando el semáforo cambia a verde?

¿Qué puedo hacer con el dolor ajeno, ese cercano, ese que alcanzo con mi mano a 15 centímetros de mi?  La respuesta es fácil, ¿qué quiero que hagan otros con mi dolor?

Por lo menos, no causar más dolor.  Alguna vez me ha pasado, como decía el chiste: -estaba al borde del abismo y después de las  palabras de algún "amigo" quise dar un paso al frente-.
No quiero que nadie se sienta así después de haberse encontrado conmigo. Por eso, la propuesta es  ir por la vida sin aumentar el dolor de “los demás”.  Sin provocar más dolor.

Dice el profesor Bernabé Tierno que somos personas tónicas o tóxicas. Y qué es responsabilidad nuestra convertirnos en tónicas: constructivas, agradables, sensibles y felices,  o tóxicas: destructivas, desagradables, insensibles y desgraciadas.   En mi mundo hay  personas medicina, personas con grandes dosis de optimismo que con sus palabras y actitudes me curan, me revitalizan, me dan vida. Inevitablemente también, de vez en cuando, me tropiezo con personas tóxicas,  que me desmoralizan, me desalientan, que me restan vida. Ante estas últimas tengo un antídoto, lo leí hace tiempo y lo incorporé a mi vida: no permito que sean ellas las que decidan cómo debo sentirme yo.

Pero, lo que es más importante: ¿qué clase de persona soy yo?

Asumo mi responsabilidad y espero ser una persona medicina  que contagie  alegría de vivir.