jueves, 8 de septiembre de 2011

Ahora lo sé.



Hoy me llegó por la red una carta de despedida. Un joven de veintiocho años se quitó la vida. El escribe: No me he suicidado, he muerto de Fibromialgia.

Es todo un alegato de como el dolor crónico destruye a quien lo padece.  Un chico que sufría no solo por su dolor sino también por el de sus padres, un dolor que además de  físico era del alma.  No estaba deprimido, lo prueban las cinco páginas de su carta. Una carta, como dice su padre, llena de amor y de dolor.
Había perdido la esperanza, no quiso aceptar la vida que tenía. El dolor se instaló en él y él en el dolor. Sólo quería desaparecer. Desaparecer… ¿hay algún enfermo crónico que no haya deseado desaparecer alguna vez?  Yo lo he deseado… No, no he deseado morirme. Si acaso, morirme por un rato. Desaparecer de la realidad.

A mis veintiocho años, la edad de este muchacho,  sentí que el dolor y la extenuación se apoderaban de mí.  Mi vida se rindió y con ella, los planes, las ilusiones y las expectativas de dos. Yo me rendí, él lo aceptó. Fue entonces cuando empecé a valorar la aceptación, pero aún no lo sabía.

Este chico dice, con sentido del humor, que con su decisión no verá al Barça ganar el triplete, ni como acaba la serie Perdidos, ni saber si al final Espinete era gay o no...
   
Yo sé que su vida pudo llegar a ser maravillosa. 
Lo sé  porque han pasado veintidós años desde mis veintiocho. Sé todo lo que me habría perdido y todo lo que estaba por ganar.  Puedo asegurar ahora,  que perdí cosas valiosas,  pero que muchas de las cosas más maravillosas de mi vida llegaron después de los veintiocho. Llegaron, como diría mi amigo Israel, por carreteras secundarías. Estas, dice él,  son situaciones nuevas, que pueden ser malas, pero que si las tomas y transitas pueden reconducir tu vida y cambiarla por completo.  Es verdad que lo pasé fatal. Es verdad que quería desaparecer. Sentía que realmente estaba muy enferma y que nadie parecía darse cuenta. Algo amenazaba con devorarme. Una cosa era cierta, o estaba enferma físicamente o lo estaba mentalmente. Por eso,  aquel 23 de agosto de 1999,  cuando mi médico dijo: tienes Fibromialgia,  lloré de alegría.

Tenía alguna amiga con fibromialgia, sabía lo que me esperaba. Mi vida no volvería a ser la misma pero, a estas alturas, ¿quién quería que lo fuera?  Hacía ya casi diez años que mi vida no era la misma. Pero ahora, tenía UNA NUEVA VIDA. Una maravillosa; pero aun no lo sabía. Fue entonces cuando empecé a crecer.

El gran descubrimiento de esta nueva vida mía llegó cuando tomé una de mis carreteras secundarías, destino: ACEF (Asociación Cántabra de Enfermos de Fibromialgia).  Se llama Luís Serrano Tausía. Es la persona con más inteligencia emocional que conozco. Posee una creatividad sin límites para adentrarme por el fascinante camino de la consciencia. Para guiarme en un viaje prodigioso a mi interior y descubrir mi propia luz.  Para enseñarme que tengo todo lo que necesito.

Me enseñó a dedicarme tiempo,  a  quererme, a generar instantes de calma y hacer el mapa que me lleve de vuelta a ellos cuando lo necesito. Me enseñó que  soy yo quien doy el sentido que tienen a todas las cosas que me pasan. Me enseñó a, como él mismo escribe, “escuchar a mi mente, ese gigante escondido ignorado y obediente”. Me enseñó a ver lo extraordinario dentro de lo corriente. Me enseñó que como dijo Sidhartha Gautama: el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional.
Así descubrí que la vida que tenía era maravillosa, porque mi vida no era el dolor y el agotamiento. 

Estas eran cosas que formaban parte de mi vida, pero no eran MI VIDA. 

Tenía que cambiar la manera de mirar. Ver las maravillas que tenía delante, no la rutina decepcionante del dolor. Y me dediqué a mirar con ojos nuevos hacía fuera y hacia dentro.

Fue agradable ver como las clases de Luís eran, desde otra perspectiva, exactamente las mismas cosas que había aprendido de La Biblia desde que era pequeña. Quizá por eso fue relativamente fácil sumarlas a mi vida.  Y es que nuestra mente es una clara manifestación de que existe un sabio y amoroso Diseñador y  confirma que "asombrosa y maravillosamente hemos sido hechos"  (Salmo 139:13-16).

Empecé a valorar más si cabía, mi legado espiritual. Todas mis metas se habían desvanecido años atrás, cuando mi vida se desplomó. Entonces había llegado a pensar que mi vida era ya, una prolongada decepción. Me dí cuenta de que solo me había decepcionado a mi misma y que tenía que imponerme sobre mis temores e inquietudes, que ahora  veía claro,  se debían  a mi forma de mirar limitada y desenfocada. Agradecí a Dios todo lo que había aprendido desde niña y su tierno cuidado durante toda mi vida. Le agradecí lo que había llegado a ser y lo que estaba por venir. Hice las paces conmigo misma y sonreí ante el que fue desde entonces mi lema, uno que Luís le tomó prestado a Roosevelt : “Haz lo que puedas, con lo que tengas, estés donde estés”.

Y es que acepté que ya no podía con lo que antes podía, ya no tenía lo que antes tenía y ya no estaba donde antes estaba. Pero lo más importante era que PODÍA, TENÍA y  ESTABA.

Empecé a descubrir seres extraordinarios. Algunos formaban ya parte de mi vida. Eran mi familia, arquitectos de mi propio ser.  El más íntimo, quien me llama Misol. No dejé de ser su sol ni en los días de mis más densos nubarrones. Me adivina, me espera, me acompaña,  me empuja, me sonríe, me asombra... (me cocina, pero,  no friega...).  :)

Y siguieron llegando a mi vida, justo en el momento que los necesitaba, otros seres extraordinarios. Algunos llegaron a ella, como yo a la suya, transportados por el espacio y el tiempo para que nuestras almas gemelas se reunieran. Llegaron a ser los más cercanos, closest ones,  hermanos del alma. Me dan calor, color, frescura,  alegría, emoción, aliento, fuerza, abrazos, locura y calma. Lo mucho y lo poco. También la añoranza.

Algunos se durmieron en la muerte, regalos de la vida, breves y sin embargo,  eternos.
Otros, pasaron por mi vida por accidente y no pudieron detenerse. Pero tuve la ventura de estrechar su mano abierta y rozar su accesible corazón.  

Otras cosas estupendas que estaban por llegar después de los veintiocho fueron mucho más superficiales, pero no por ello menos deleitables.  Y lo fueron sobre todo, porque en otro tiempo hubiera dicho: YO NO PUEDO. Descubrí el placer de viajar en una Harley, el placer de viajar sin prisas, de hablar poco y sentir más.

La aventura de viajar con amigos; anécdotas inolvidables, amaneceres de colores imposibles, arrecifes de coral,  lugares mágicos. La riqueza de conocer, de sentir que la vida me da la bienvenida con cada paso.

Agradezco esta vida mía tal y como es; con sus dolores, con su vulnerabilidad, con sus espinas y sus rosas. De vez en cuando, vuelven los densos nubarrones, la derrota, es entonces cuando busco el mapa que me lleva de vuelta a casa, a la calma, a mi bien estar. Esta vida mía es maravillosa, ahora lo sé.