sábado, 2 de marzo de 2013

De la ducha a la lucha.

VIVIENDO DE RISA  (batallando sin prisa). Parte II


Debo aclarar que mis días se dividen en: funestos, malos, y buenos. Que conste que hago un alarde desmedido de generosidad con los llamados "buenos". Esta división va en función del dolor y el cansancio. Menor dolor y fatiga (¡Ojo, que no digo ausencia de dolor o fatiga!)  es  igual a "bueno".  Extenuación extrema es igual a "funesto". 
Referirme así a los días es una forma de hablar, porque el día en sí (día de 24 horas), es exactamente igual para todos. A no ser que para uno sea un día festivo y para otro sea un día laborable, o lo que es peor, que sea un día de autos, que no es que se vaya a comprar un coche precisamente. 
Ainss, que me disperso... Digo que los días son todos iguales, cómo los vive cada uno ya es otra cosa. Tanto en los días buenos como en los malos, puedo estar bien o mal, y no depende  de cómo sea el día. Puedo "estar bien", con dolor severo en un día malo y puedo "estar mal", con dolor leve en un día bueno.  La realidad es la que aprendí hace años de la mano de Luis Serrano Tausía, y que resumo así:


"Felicidad y desdicha las dos duermen en tu mente, 
solamente tú decides que una de las dos despierte".


Si en cualquier día de los descritos me preguntas cómo estoy, si no eres mi marido (en adelante, Lay), ni mi reumatólogo (en adelante reuma),  la respuesta será siempre la misma, -Estoy bien y a ratos mejor-. No importa como sea mi día, "yo estoy bien".  
El problema es que como aun soy una aprendiz de sabio, o así me llamaría el profesor Bernabé Tierno, sigo teniendo ratos y días  que no soy capaz de gestionar adecuadamente.

En los días  funestos, después de  habérmelas  con la cafetera no hay reflexión ni paseo por facebook, ni energía para mantener los ojos abiertos. No es sueño, es extenuación, los párpados me pesan como un telón de acero. Esos días hago uso del sabio refranero español y me digo; -cuerpo triste entra por donde saliste-. Y me vuelvo a la cama porque sé que toca semiinconsciencia total. Es de esos días que nadie conoce, que nadie ve, que nadie sospecha, porque  este carácter mío que rezuma buen humor, no puede ser compatible con el desmadejamiento completo que me enreda  y despoja de voluntad.

Compatible es, lo que no es,  es simultáneo.  La risa y el desfallecimiento no combinan bien. Aquí no me sirve la nariz de payaso. El buen humor  se desvanece como el humo en el aire y queda la nada, el vacío en un alma aplastada,  rendida  hasta para sentir.  Me acurruco,  me reduzco a un ovillo,  buscando un refugio donde el mundo exterior no exista y al que no pido regresar.  Y me repito en silencio, ESTO TAMBIÉN PASARÁ.



De la ducha a la lucha.

Hoy es un buen día, no toca desmadejamiento integral. Hoy, ¡me como el mundo!  Hoy me... ¿me he tomado las pastillas?  Ainss... a ver, rebobina... necesito un flash, un destello... ¡síii, las tomé! Las puse sobre la tostada de centeno, en un pegote de mermelada sin azúcar elaborada por mi en un día bueno. Me las tomé sin duda. ¡Qué astucia la mía!
  
El efecto RoboCop  casi ha desaparecido, el café me ha dado vida y la ducha caliente ha sido un bálsamo reparador.  Los cinco minutos de la ducha, porque ahora tengo que batallar para vestirme. No todo el mundo  puede entender el trabajo que supone  vestirse después de una ducha. La piel está húmeda, impregnada además con la body cream de las narices, ¡que manera de complicarnos la vida! Le doy la razón a Mar cuando dice que es preferible  que se te  caiga la piel a escamas a ponerte la dichosa crema.

La ropa no se desliza, tienes que forcejear con ella para ponerla en su sitio. Es cómo enfundarte un traje de neopreno talla XS cuando gastas la M.

¿Qué hago, me visto a riesgo de lesionarme en la trifulca o deambulo  por la casa media hora, a lo Lady Godiva sin caballo a ver si me seco?  Otra opción es comprobar si funciona la estrategia post ducha de Mar que se mete otro rato a la cama y se seca.¡Cuánto me queda por aprender!

De lo que estoy segura es de que, si estoy en uno de mis días malos, vestirme después de una ducha supone quince minutos de sofá para recuperarme. Y, cuando digo sofá digo por supuesto, Facebook. Que no pierdo el tiempo ni entre desfallecimientos. 

En cambio, hoy es un buen día, unos cuantos jadeos y ¡me como el mundo!
  
No tan deprisa, que tienes que lavarte los dientes. Bueno, desde que tengo cepillo eléctrico  no supone una faena tan dolorosa.  Sí, sí; faena dolorosa he dicho.  Por una parte los dientes y las encías duelen por si solos. Mi dentista me recetó una crema anestésica para poder usar el hilo dental en los días malos, con eso te lo digo todo. Por si eso fuera poco, al hacer el  gesto  característico para introducir el cepillo en la boca la mandíbula duele, los pómulos duelen. 

Y, por otra parte,  ¿por qué no pruebas un día a lavarte los dientes con una de esas muñequeras con lastre de uno o dos kilos que venden en Decathlon?  Porque eso es lo que experimento cada día con actos tan nimios como lavarme los dientes, depilarme las cejas o servirme agua de una botella. Imagínate lo que puede ser darle la vuelta a una tortilla para seis. 
Y doy gracias a mi memoria de pez  porque se me olvidó lavarme la cabeza, que si no,  tendría que decirle al secador de pelo aquello que dijo Julio Cesar; -Tú también, Bruto, hijo mío-.

Pues lo dicho, hoy es mi día bueno y me como el mundo... El mundo... se reduce a una cama de matrimonio desafiante y deshecha. 
  
Mujer,  anímate, que mide 1,50, que no es la Maestranza. No lo será pero se le parece, hasta las sábanas tienen el color del albero. ¡Anda, o esta sábana ha perdido peso o es que efectivamente, hoy es un día bueno! Porque en los  días malos me pregunto   ¡¿cómo puede pesar tanto una sábana bajera?!   Más que sábana es un paracaídas hostil. ¿Has tratado de extender un paracaídas? Pues es lo mismo. ¡Qué lucha la mía! Y hay días buenos que pongo dos sábanas bajeras, de eso me doy cuenta al hacer la cama al día siguiente. ¡Qué derroche de energía más a lo tonto!  

Y ahora viene lo verdaderamente peliagudo; ¡meter el edredón nórdico en su funda! Es como instalar la carpa de un circo sin ayuda.  Una carpa pesada, rebelde y subversiva  como pocas. Acabo rota. Tengo que hacer una pausa, no puedo más, la espalda se me parte de dolor.   El esqueleto no me sostiene, las vértebras dorsales se me desgarran,  el dolor me impide respirar,  necesito acostarme.  ¡En la cama nooo,  que la deshaces, insensata!  ¡Al sofá!

Si estuviera en casa Lay, me diría; -¡Informe de daños!-.
Es muy gracioso el muchacho, sí. Yo también le quiero.

Pues no está la mañana nada mal,¡he aguantado una hora sin parar! Ahora sí, después de capear en la Maestranza, la pausa es obligada hasta que el dolor se suavice. Entretanto,  reviso el correo, actualizo mi facebook y a chacharear, que unas risas por aquí y unas carcajadas por allá son más curativas que un relajante muscular.