viernes, 8 de marzo de 2013

Un desafío, una pasión.

VIVIENDO DE RISA (batallando sin prisa). Parte III

Algunas personas bienintencionadas, se preguntan que cómo es posible conciliar mis dolores de espalda y padecimientos varios con mi vida motera.  Porque aquí donde me lees, me considero motera. Sospecho que esta es sólo una pregunta retórica, aun así,la voy a contestar.

Estoy convencida de que hay  gente a la que le molesta que una disfrute. Si estás enferma tienes que estar en casa llorando, porque si te ven feliz y que vas y vienes es que no estás tan mal.  
Porque la que de verdad está enferma no se da una paliza en moto, se queda en casa  lamentándose  por su “¡menuda vida!”.  

Yo, por supuesto, también tengo  mi “¡menuda vida!”.  Hay días que esa vida, como mucho, se reduce a  sofá y  portátil,  pero otros puedo hacer paravelismo (parasailing),  viajar en moto y hacer el pino puente, y lo hago.

Si algo he aprendido  es que todas mis actividades, tanto en el trabajo como en el ocio,  tienen un precio, y que yo decido si merece la pena pagarlo o no. Pago todos y cada uno de mis viajes en moto.  Con dolor.  Pero, los pago feliz porque recibo mucho a cambio.  Como dice Lys, -Yo pago, yo elijo-.  Así que  por favor, tú déjame a mí si  eso... no me juzgues y  alégrate  conmigo por todo lo que sí puedo hacer.


Un desafío, una pasión.
Así lo vivía ella, así lo sentía él.

No llegué al mundo moto por devoción, lo hice completamente en contra de mi voluntad.  Nunca me atrajeron las motos, principalmente porque  siempre que veía  una  llevaba un tonto encima.

Fue mi consorte quien empezó a sufrir de pasión motera.  No es la velocidad, ni el modelo, ni la marca  lo que le seduce.  Yo creo que cualquier artilugio  que tenga manillar le sirve. ¡Vamos, que si yo tuviera manillar iba a estar él mirando el  fútbol!  Le recuerdo enamorado de bicis y motos desde que éramos   niños. Claro que, sus gustos han ido evolucionando con la edad.

Total, que un día me dijo:  

-¿Qué te parece si nos compramos una Harley-Davidson?  

-¿Eso duele? 

-Solo por el precio.  

La verdad es que se merecía una Harley, y un Ferrari también. Así que, acepté la propuesta y la  incertidumbre de un desafío extremo al que hacer frente, sí o sí.

¿Qué hago yo encima de una moto? ¡¡QUEJARME!!   ¡Iba quejándome a todas partes!  Se puede decir  que  ejercía a las mil maravillas de  nuera de la moto; siempre hablaba mal de ella y quería poner a mi marido en su contra. 

-Los estribos me hacen daño, ¿a quién se le ocurre hacer unas bases en las que no se puede apoyar todo el pie?  
La verdad es que, literalmente,  los estribos  me cercenaban los pies. Un tubo de acero más duro que el diamante, incrustado en mi bóveda plantar. 
-¡Claro, cómo  el piloto no sufre con los estribos, que en su lugar tiene unas plataformas que parecen una pista de aterrizaje!  ¡Cuánta incomprensión! 
Ahí va mi marido, el hombre, a cambiar los estribos por unas plataformas dignas de la princesa del guisante. ¡Qué descanso! Pero, ¿por qué no ponen estas cosas de serie? ¡Con la de discusiones de pareja que podrían evitar! 

-Este asiento me parte el culo,  ¿no ves que es muy estrecho? ¿A quién se le ocurre hacer un asiento tan estrecho?,  ¡si como me descuide no me recoge ni el surco glúteo!  Esto es la versión moderna de la silla de Judas. Yo quiero un asiento lo suficientemente ancho para que se reparta la presión resultante de posarme sobre mi trasero. 
¿Por qué tu asiento es cuatro veces más grande? ¡No hay derecho!  
Ahí va el hombre, a cambiar el asiento. 
  
Por cierto,  me parece  una desfachatez de muy mal gusto que la chica del concesionario Harley-Davidson le diga  a Lay que  vaya culo tiene su mujer para que no le quepa en el asiento.  A ver, que el volumen de las nalgas no interviene en la capacidad de sentarse ni en el asiento,  que si así fuera, ella  necesitaría uno como la rueda de un tractor.

Con nuevo asiento y todo, el coxis y los isquiones acaban  molidos. Porque en la moto me siento con  los isquiones  alineados óptimamente en pelvis neutra, ¡cómo lo lees!  Que digo yo siempre; si me siento con los isquiones, que me siento, porque los siento, ¿por qué me duele el coxis como si me sentara con él?  Un misterio, pero aun sentada con los isquiones,  después de una kilometrada  el coxis duele un isquion y parte del otro.

-Y esta cosa con ruedas, ¿por qué  tiene un respaldo tan bajo? ¿Es que nadie piensa en el paquete, digo, en el pasajero?   
Ahí va Lay, a solucionar el tema respaldo. ¡Tiene más  paciencia el hombre! Él dice que la tiene toda porque nunca la gasta. ¡Es más majo!  
Esta vez no va al concesionario, yo creo que para que la de la rueda de tractor no piense que está casado con un armario ropero. Por eso y para ahorrarse una pasta, que a este ritmo nos va a salir la moto como un Ferrari. Acude en busca de ayuda a nuestro amigo e inventor, Ángel Pérez. A él le debo un respaldo anatómico, hecho a la medida de mi espalda. Y si digo que se lo debo es  porque nunca le pagué. Mi respaldo, cómo las mejores cosas de la vida, no tiene precio y nuestro amigo tampoco.

Bueno pues,  poco a poco nos fuimos aclimatando la moto y yo.  A pesar de todo, yo seguía protestando por las incomodidades asociadas a la vida motera, que son muchas, la verdad. Fue entonces cuando me puse a reflexionar sobre la vida  que me esperaba, todo el día protestando y amargándome la ruta por una cosa o por otra.  -¿Tú quieres ser feliz o  gemebunda mustia?-.  –Pues tienes dos opciones, o disfrutas o sufres. Tú eliges-. Y pudiendo elegir, elegí disfrutar.

El dolor dorsal, que es el que más me mata, se relaciona y empeora con  la actividad. En la moto la actividad es poca,  por lo tanto,  el dolor  dorsal es leve.  Además,  gracias a las modificaciones hechas por Lay, el territorio moto ha dejado de ser territorio comanche. 
Fíjate si será confortable mi moto, que subirme y dormirme es todo uno. No lo puedo resistir. El sonido de una Harley ejerce en mí un efecto hipnótico. Lay el pobre, cada dos por tres, me busca con la mano a ver si estoy o me ha perdido por el camino. Mi piloto se siente “el que tiene esposa, como si no la tuviera”, que diría Saulo de Tarso ya convertido. Y es que soy el paquete perfecto.

He llegado a la conclusión de que si me duermo nada más subir a la moto es por el estado de agotamiento que me deja vestirme de motera. Esto del equipamiento personal, es mucho peor que vestirse después de una ducha. Y si te duchas justo antes de vestirte, ya ni te cuento. Es como enfundarse un traje de buzo y encima otro de astronauta.

No sé si te habrás dado cuenta, pero la cabeza está  flotando por encima del tronco y solamente el cuello la mantiene en su sitio. Poco cuello y muy maltrecho el mío para tanto casco.  Pesa más que el yelmo de una armadura. Cuesta un  esfuerzo  considerable ponerlo y quitarlo.  Para que sea efectivo y seguro tiene que ajustarse mucho y eso significa que te apretuja la cabeza y la cara.  Como además llevo un pinganillo que no va integrado en  el casco, la presión  sobre el oído hace que se me incruste hasta el tímpano y, eso duele.

Lay en su empeño por aliviar mis males me compró un collarín de gomaespuma en forma de herradura que se coloca debajo del casco sobre  los hombros.   El descanso que ofrece es considerable al no tener que sostener continuamente la cabeza en las curvas y en los baches.  Ahora que, todo este equipamiento, incluido el traje,  te devuelve otra vez al más puro estado RoboCop.  Así que claro, después de este trajín me quedo frita en la moto. 

He de reconocer que más de una vez he comenzado un viaje con alguna que otra contractura y han ido desapareciendo poco a poco. Estudié  este asunto detenidamente y creo que se debe a la vibración producida por la moto que  me sirve de masaje.  Un descubrimiento muy gratificante fue que en un viaje de dos días puedo adelgazar un kilo. Es cómo pasarte el fin de semana subida a una plataforma vibratoriaaaa  aaa  aaa.

Otro motivo por el que me gusta la moto, es porque mi marido es mucho más solícito en los viajes en moto que en  los viajes en coche. Un viaje  en coche tiene como único objetivo llegar al destino. En un viaje en moto, lo de menos es llegar. El objetivo no es el destino,  es disfrutar el camino. Así que, se adapta a mis necesidades sin problemas. Siempre nos marcamos etapas cortas, al ritmo que impone mi cuerpo.
  
Alguna vez tenemos que parar ipso facto porque no puedo más. Y cuando digo: Lay, ¡no puedo más! él sabe que no puedo más y se detiene al momento.  En esos casos  me tengo que tumbar donde sea, a la orilla de la carretera, encima de un muro, donde pille. La cosa puede quedarse en la más estricta intimidad o  puede ser todo un espectáculo público, depende del paraje.  Lo bueno que tengo es que mi espalda responde fenomenal al reposo y en unos minutos estoy otra vez sobre la moto.

                           
Dicen que silbar es el recurso musical de los cantantes frustrados para interpretar canciones medianamente afinadas. No sé si será por eso pero Lay silba cuando va en moto.  Tiene un repertorio extenso, los diez silbidos memorables de la historia del cine.  Las mejores bandas sonoras para mi sola vía pinganillo. 
La  Marcha del Coronel Bogey  de El puente sobre el Río Kwai (1957), Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), El bueno, el feo y el malo (1966), y así hasta diez o más. 
Que no es que  silbe mal, que no,  ¡si es un auténtico maestro del silbido!  Pero es que yo tengo hiperacusia.  Mi oído no maneja bien los sonidos o es qué mi cerebro multiplica  los decibelios.  Sea por lo que sea, cualquier  sonido normal puede convertirse en doloroso. ¡Imagínate un concierto de silbidos a través de un pinganillo incrustado en el tímpano! Tú sílbale así al oído de un perro y verás lo que te dice.  ¡Cuánto daño ha hecho Enio Morricone a las familias!

Menos mal que tengo mis recursos y no es por nada que soy yo la que tiene el control del intercomunicador.

Hubo un tiempo en que me dije YO NO PUEDO, y apunto estuve de creerlo. Es extraordinario el poder que tienen las palabras. Por eso, no digas nunca, yo no puedo. No siempre es verdad. No te sabotees, no te rindas. Déjate  arrastrar  a  la inmensa aventura de vivir, aunque te duela. Porque a veces,  el dolor también es una forma de sentirte viva.



“Me inclino, luego existo”. (Anónimo)*

* El motorista desplaza el centro de gravedad al inclinar  su cuerpo hacia la dirección de la curva. ¡Que tengo que explicarlo todo!