viernes, 5 de abril de 2013

Felicidad y desdicha, las dos duermen en mi mente.

VIVIENDO DE RISA (batallando sin prisa). Parte VI


Felicidad y desdicha, las dos duermen en mi mente.
Solamente yo decido que una de las dos despierte.

La refriega con los cristales me ha dejado en un estado mental demoledor.  Estoy perdida  bajo una borrasca de pensamientos negativos.  Ahora mismo soy tan negativa como la que se desmayó y en vez de volver en sí, volvió en no.

Inutilidad, impotencia y  desaliento. Dentro de mí hay más contrariedad  que  en una cumbre de los G8.

- ¡Esto no es vida! ¡Soy una inútil! ¡No valgo para nada!-.



Como ves, si me dejo,  puedo sumergirme  en un mar de lindezas. Pienso que soy de todo menos bonita. Lo malo de pensar así es que me lo creo al pie de la letra. Mi mente  no entiende de frases hechas ni de sentidos figurados.  Si pienso  que soy una inútil, lo seré. Si pienso que no valgo para nada, no  valdré.   Piensa mal y acertarás.

Tuve que aprender que tengo  al enemigo  en casa. ¡Qué digo en casa, en mi cabeza!  El mayor campo de batalla al que me enfrento cada día está en mi mente.  Puede ser que no existan  límites para este tipo de ataque del que soy víctima y verdugo.  Si me peleo conmigo misma, gane quien gane, inevitablemente pierdo yo.

¡Qué perdida de energía más tonta!  El efecto bola de nieve de mis pensamientos negativos, una bola de nieve que crece a  velocidad de vértigo y sin ningún control, sólo puede hacer una cosa, sepultarme  bajo  una avalancha de malestar.  Puedo aniquilarme sin darme cuenta por la capacidad destructiva de mis pensamientos. Ahora lo sé,  pero no siempre fue así.

¿Cómo no me di cuenta antes de que es  imposible sentirme bien si  no pienso bien?  Y no me refiero a pensar mucho, sino a pensar bien. Tener la clase de pensamientos que me hagan sentir bien, que me hagan sonreír.  Pues no me di cuenta.  
Y venga a quejarme. Y cuánto más me quejaba peor me sentía.  Y cuánto peor me sentía más me quejaba.  La pescadilla  invadida  de anisakis que se muerde la cola. 
  
Y es que la cosa funciona así: Todo  pensamiento genera una  sensación que, mantenida el tiempo suficiente, da forma a una emoción. Toda emoción que se mantiene, crea un sentimiento que a su vez, da a luz  una acción.  Lo que tienes en tu mente es lo que obtienes en tu vida, que diría mi maestro de relajación y autocuidado Luis Serrano Tausía.  

Por lo tanto, el bien más preciado que tengo es mi pensamiento,  porque como Luis explica  en su libro MENTE ACTIVA:  “Sólo puedes tener un pensamiento cada vez, sólo uno. Decide cómo quieres que sea ese pensamiento y así será tu vida”.

Al final todo se reduce a que somos lo que pensamos, y, estamos o nos sentimos  como pensamos. 
Piensa bien y acertarás.

A menudo vivimos al revés de cómo deberíamos hacerlo. Creemos que nuestro estado de ánimo depende de lo que nos rodea, de lo que nos pasa, cuando la realidad es que somos nosotros, en nuestro interior, quienes creamos el  estado de ánimo en el que nos instalamos.

Yo solía instalarme en la queja a pensión completa.

Aunque según me han dicho, se dan casos de gente que se ha instalado a perpetuidad en un Todo Incluido Resort&spá, 24 horas de queja. Una elección inequívoca, ideal para  familias, parejas y amigos. 

Es verdad que nadie quiere que su estado de ánimo esté por los suelos. Pero si lo está, no le echemos la culpa al empedrado,  nosotros mismos nos hemos encargado de ponerlo justamente ahí.  Lo más sorprendente es que no sabemos que lo hemos hecho.  No somos conscientes de que nosotros solitos estamos creando nuestra desdicha o nuestra dicha y lo hacemos con cada uno de nuestros pensamientos.


Ya sé que estás pensando que a ti eso no te pasa.  A mí tampoco me pasaba, o eso creía yo.  Lo que pasa es que no sabía lo que pasa.
 
Por eso,  tuve que aprender a ser CONSCIENTE. Siguiendo las indicaciones de mi maestro, fui haciendo pausas a lo largo del día para descubrir en qué clase de pensamientos me sorprendía.  Resultó un juego divertido y esclarecedor.  El juego de la pausa consciente.  
A lo largo del día, cada cierto tiempo me detenía, dejaba lo que estaba haciendo y me preguntaba: ¿En qué estoy pensando? ¿Es algo positivo y edificante? ¿Qué mensaje me estoy mandando? ¿Cómo me está haciendo sentir? ¿Me he pillado maltratándome? Así, alcancé a ver de qué pie cojeaba mi línea de pensamiento. 

Siempre había creído  que era una persona positiva, pero estaba claro que no era consciente de que mi insistente cotorra mental  me llevaba por derroteros tortuosos.  
¡No era consciente ni de que tenía una cotorra interna! ¡Y yo siempre deseando tener un bicho que me hablara,  loro o cotorra, daba lo mismo!  ¡Pues resulta que tenía uno instalado de serie!  



¿Cómo era posible que no viviera  atenta a lo que pasaba por mi mente?

¡Centenares de pensamientos negativos  de los que no era consciente en un desfile incesante y disperso!
 
Pensamiento de  – ¡mira que soy  inútil!- :  vestido corto en gasa rosa con escote de corazón partido.

Pensamiento de - ¡mira que no valgo para nada!- : vestido corto de cóctel  en crepé azul  de gesto fruncido.

Pensamiento de – ¡mira que soy torpe!- : vestido de noche en  satén  con caída de moral hasta el suelo.

El desfile puede seguir y proseguir  incansable.

Y luego, cuando mi marido me pregunta,   -¿en qué piensas?-, yo le respondo convencida, - en nada-. 

Un pensamiento lleva a otro y a otro más.  Si no soy consciente, la bola de nieve que he puesto en marcha irá creciendo y  acabará arrollándome.

Gracias a mi aprendizaje, enseguida me doy cuenta del berenjenal mental en el que me encuentro. Con la práctica, he conseguido detectar la bola de nieve cuando tiene el tamaño de una pelota de golf.   
A las bolas de nieve hay que pararlas cuando son chicas, de grandes no hay quien pueda con ellas.

Hay un proverbio atribuido a...   los tibetanos, los chinos, a Martín Lutero  y a Luther King. ¡Vete tú a saber  quién lo dijo primero! El caso es que resume muy bien cómo esta puesta en marcha de la bola de nieve puede detenerse.  “No puedo evitar que las aves vuelen sobre mi cabeza, pero sí puedo evitar que hagan nido en ella”.
No podemos evitar pensar (aunque algunos lo disimulan tan bien que  parece que no piensan en absoluto). 
No podemos evitar que nos sobrevuelen pensamientos negativos, pero sí podemos evitar que aniden en nosotros. 

Un sistema estupendo para cortar el pensamiento negativo es el siguiente:  Dedícate a disfrutar lo que de placentero tenga cada instante que la vida te regala. Céntrate  en el momento presente y nada más.

 * Si estás troceando un calabacín y, por jugarretas de la Ley de asociación de ideas, evocas a un antiguo novio que te las hizo pasar canutas, estás reviviendo los malos ratos otra vez, estás volviendo a sentir un daño que suponías  olvidado. No te engañes creyendo que estás haciendo picadillo alguna parte de su anatomía, en realidad  estás sufriendo otra vez para nada.  

Céntrate en el calabacín.  Es nada más y nada menos que un calabacín, de la familia de las cucurbitáceas de toda la vida. Es una planta rastrera, sí, pero eso no tiene que ver con tu novio. 

Concéntrate en el fruto oblongo, su corteza firme y lisa, su textura, su color, su olor, en las sensaciones que te produce.  Abre los ojos, aguza el olfato, prepara tu piel para sentir. Estar en lo que estás, disfrutar del placer de ese instante, detiene cualquier bola de nieve antes de que coja impulso y empiece a rodar. Vinieron los pájaros sobre tu cabeza pero, no pudieron anidar, porque tu cabeza estaba ocupada con una preciosa y suculenta hortaliza.

Una vez que te entrenes a diario e incorpores a tu vida esta forma de espantar pájaros,  los pensamientos negativos cada vez sobrevendrán menos, hasta desaparecer, igual que las aves dejan de acercarse  donde  nada tienen que hacer.  Para que esto suceda sólo hay que practicar.

De esta manera consigo que el estado demoledor en el que me ha dejado mi frustración con los cristales dure tan sólo unos segundos.  No voy permitir que unos cristales sucios decidan cómo he de sentirme el resto del día.

El filósofo Epicteto en el siglo I d. C. dijo que, “no nos afecta lo que nos sucede sino lo que pensamos sobre lo que nos sucede”.  

Lo que puede amargarme el día  no es que me haya agotado y me duelan hasta las pestañas por  limpiar una ventana.  Lo que puede amargarme  es lo que yo decida hacer con ello.  Si decido lamentarme lo que me queda de día por lo que no puedo hacer, acabaré echa polvo y no disfrutaré de lo que sí puedo hacer.



Tus pensamientos pueden ser un arma de destrucción masiva. Lo extraordinario es lo que pueden llegar a ser, un arma de construcción masiva. Tú piensas, tú eliges.

Por mi parte, después del encontronazo con los cristales,  lo que único sensato que puedo  hacer, durante un buen rato, es disfrutar del noble arte de no hacer nada. Y lo voy  hacer genial.


* El episodio del calabacín es un guiño a la protagonista de la novela MI HOMBRE IDEAL de José Ortega.




P.S. 
Mi agradecimiento a Luis Serrano Tausía (Maestro en Técnicas de Relajación y Autocuidado) por adentrarme en el fascinante mundo de la consciencia.