martes, 16 de julio de 2013

La canción del olvido; y no va de zarzuela, va de extravío.

VIVIENDO DE RISA (batallando sin prisa)Parte X


Mi memoria  sufre unos resbalones que un día se mata.
 
Tengo versiones de La canción del olvido en los estilos más diversos y/o  dispersos; desde el efecto “punta de la lengua”  a  pérdida de memoria transitoria,  pasando por  amnesia de fuente. 
  
Mi memoria es volátil, sutil, etérea, fugaz… una desertora que se larga  sin autorización. ¡RENEGADA!

Si hay algo difícil de explicar  sobre mis batallas diarias son mis procesos memoriosos. 
Y es que es difícil explicar lo inexplicable, y si no acuérdate de la Sra.  Cospedal explicando el despido de Bárcenas y su cotización a la Seguridad Social:

“La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido y como fue una indemnización en diferido, en forma efectivamente de simulación…, de simulación o de lo que hubiera sido en diferido en partes de una… de lo que antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social, es que si no hubiera sido…, ahora se habla mucho de pagos que no tienen retenciones a la Seguridad Social ¿verdad? Pues aquí se quiso hacer como hay que hacerlo, es decir con la retención a la Seguridad Social”.



¿Esta mujer será así de torpe o tendrá Fibromialgia y fumará algo para el dolor?

Expondré a continuación las diferentes versiones de mi particular Canción del olvido. Espero que no se me olvide nada. 

Versión I.  La de las cosas inolvidables.

No me acuerdo de  casi nada a excepción de cosas absurdas que no necesito recordar.  Esas llegan a formar parte de mi memoria como si esta fuera un archivo imborrable. El archivo de las cosas olvidables imposibles de olvidar. Te pongo unos ejemplos para que me entiendas.

Hace ocho años hicimos una escapada a Extremadura.  En la sorprendente Plasencia visitamos  la Casa del Dr. Trujillo. Un palacete gótico impresionante cuya torre contiene unas ventanas trilobuladas conopiales. Los  estilos arquitectónicos de verdad que no son lo mío.  Pues me matas y no sé quién fue el Dr. Trujillo, ni porqué vivía en semejante casoplón. Eso sí, inexplicablemente, las ventanas trilobuladas conopiales  son inolvidables y no porque recuerde cómo son, sólo recuerdo cómo se llaman.

Onicofagia es la costumbre compulsiva de comerse las uñas. Copra, la pulpa seca del coco y Fidelio la única ópera de Bethoven. Bueno,  pues cosas como esas, que las oyes una vez en la vida en un concurso de televisión, no las olvido jamás, pero soy incapaz de recordar cómo se llama mi madre. Me da vergüenza decirlo pero, es así, sin exageraciones, NO RECUERDO CÓMO SE LLAMA MI MADRE.

Versión II. La de las cosas importantes.

Mi madre,  tiene noventa años y yo me encargo de sus papeleos. Pues cada vez que me piden su nombre para algún trámite, tengo que mirarlo porque no me acuerdo.  No sé si se llama María Rosa o Rosa María. A ver, ¡que he vivido toda la vida con ella, que no nos  acaban de presentar! 

Además,  hay un factor  agravante, mi prima se llama María Rosa y yo Rosa María (sí, en mi familia andaban escasos de inspiración para los nombres.) Es tan fácil como recordar si se llama como yo o al revés. O, si se llama como mi prima o como  yo. Pues no hay manera. Y claro,  ¡cómo nadie me da pistas, que todo el mundo la llama Rosa…!  
A mí toda la vida me han llamado Rosamaría, sin atajos.  Pues a ella Rosa, y como  yo siempre la llamo mamá… pues eso,  NO RECUERDO CÓMO SE LLAMA MI MADRE. ¿Es esto normal?   ¡Qué venga Freud y lo diga!  

Igual es psicológico,  mira tú.  Pues no pienso ir al psicólogo, que yo quiero mucho a mi madre.

Estos psicólogos… Cuando pasé el tribunal de valoración de la discapacidad la psicóloga se empeñó en  que tenía depresión. Yo que no y ella que sí.  -Qué sí, que sí, precisamente tu negación indica  que quieres demostrar que estás bien, cuando no lo estás.-
¡Toma ya!  Y cuando bailo mientras limpio el polvo es porque sufro mucho pero me encanta disimular. ¡No te digo!

Me dice la buena señora que como  soy  hija única mis padres me han exigido mucho. ¡Y yo toda la vida creyéndome eso de que las hijas únicas son unas consentidas!  Un poco más y salgo de su despacho odiando a mis padres. 

¿Tan difícil es entender que a mí el dolor me tortura pero no me deprime?

Yo, pasmada con la mujer. No sabe nada de mi vida, y la primera vez que me ve me diagnostica una depresión de camuflaje  de etiología  paternofilial. ¡Toma ya! ¡Esta señora no es psicóloga, es adivina! ¡Hay que ver lo que avanza el Instituto de Migraciones y Servicios Sociales (IMSERSO)!

Pues eso, no pienso ir al psicólogo para averiguar por qué no recuerdo el nombre de mi madre pero sí recuerdo el de las ventanas de la casa del Dr. Trujillo.

Versión III. La de las cosas transitorias.

Cómo el cerebro guarda o desecha los recuerdos es un misterio para los científicos así que no me voy a preocupar por ello. La teoría de la consolidación es  la  mejor  que tienen hasta ahora. Ésta propone que las impresiones frescas primero se guardan  como recuerdos a corto plazo en el hipocampo. Después de unas horas o hasta días, se mueven durante el sueño profundo hacia la corteza cerebral, donde entran en la memoria a largo plazo.

¿No será que mi hipocampo se cree que es un caballito de mar hecho y derecho y que como tal tiene memoria de pez?  
¿Lo has pillado? ¡Es profundo esto…!

El problema es que mi memoria a corto plazo es  más corta que la lista de amigos de Mourinho:

He oído maullar un gato por casa y me he puesto a buscarlo como loca. Yo pensando: Pobre gatito, busca cobijo, seguro que tiene hambre. Me le quedo por encima del cadáver de Lay. Y venga a buscar, hasta que dejó de maullar. Y entonces me di cuenta… era el móvil. No recordaba el tono.  ¡Si es que a mí me sacas del  riiiiing y la lío!

También puede ser que como con fibromialgia es difícil,  cuando no imposible,  entrar en sueño profundo, mis recuerdos no entran en la memoria a largo plazo. Entonces, ¿cómo se explica lo de las ventanas trilobuladas conopiales?

¡Ah, ya sé! Ese día entré en sueño profundo a base de “Jerte-libre”, un bebedizo prodigioso. Habíamos comprado licor de pera del Valle del Jerte y resultó ser una pócima intragable. Aquella noche la mezclé con Coca-Cola, el elixir del siglo XX, y así fue como  inventé el “Jerte-libre”, que además de estar buenísimo,  me facilitó la  entrada directa,  en el para mí gran desconocido, ciclaje cerebral DELTA.  El ciclaje cerebral característico del sueño profundo.

¡Ains… con lo  bien que se está en DELTA y lo poco que lo frecuento!   Mi cerebro se pasa  la vida en BETA, más alerta que la Agencia Estatal de Meteorología.  Este permanente estado de vigilancia que mantiene el cerebro de una persona con fibromialgia es agotador, extenuante, fatigoso, aplastante.  Por eso aprender a variar las ondas cerebrales es fundamental.  Desde que aprendí puedo producir ondas  ALFA siempre que quiero. El cerebro elabora este tipo de ondas cuando estás verdaderamente relajado. Te permite descansar en cualquier momento del día. Las ondas ALFA son un chollo. ¡Eso sí que es estar en otra onda!

Pero no nos desviemos del tema: Hablábamos de la pérdida de memoria transitoria, esa en la que olvidamos algunas cosas recientes, algunas cosas pasadas o ambas. Es esta falta de memoria la que  hace que tengamos dificultades para aprender cosas nuevas. La experiencia me dice que esta pérdida de memoria va y viene. Lo que es desconcertante pero también un alivio.

Versión IV.  La de las cosas que te cuento.


Es curioso lo que me sucede cuando me pongo a contar algo.

Ya se pueden armar de paciencia los escuchantes porque durante el proceso explicatorio emprendo una excursión lingüistica con mochila y todo, incluyendo las acampadas pertinentes a cada rato para rebuscar en el bolsillo de las palabras y expresiones perdidas.  

Es que  pierdo el hilo. Pierdo el hilo, la bobina y hasta el costurero. –Esto… ¿Qué  iba a decir yo?-.
Eso cuando no me quedo completamente en blanco. Lay siempre  dice que parece que me estoy inventando lo que digo. Porque por lo visto, cuando se cuentan mentiras se habla más despacio.  Y es que, por lo visto, mentir requiere una actividad cognitiva más compleja que ser honestos.

¡Si hombre, para actividades cognitivas complejas estoy yo! Para contar mentiras hay que tener la cabeza despejada y pensar con claridad. Para contar mentiras hay que usar muchas más palabras que para contar la verdad. Uff… ¡mentir  tiene que ser cansadísimo! 

Versión VI. La de las cosas del diccionario mental.

El léxico mental es como un gran diccionario dentro de nuestro cerebro donde se almacenan todas las palabras que conocemos. Allí buscamos la palabra que se corresponde con lo que queremos expresar. La buscamos y la encontramos  en 200 milisegundos. A mi me sobran 100 milisegundos porque mi lengua se dispara más rápida que la de un camaleón impaciente. El problema es que encuentro la palabra que no es.

Por ejemplo, dice mi marido: -¡Mira, sólo 25 kilómetros a San Martín!-. Y yo  contesto: -¡Qué barato!-. 

O, -voy a poner a cargar la aspiradora que se ha quedado sin batidora-.

Versión V.  La de las cosas que sé pero no sé.

Tengo una información pero soy incapaz de saber cómo la he obtenido. Es lo que  se llama amnesia de fuente. No tengo ni idea de si me lo han contado, lo he leído, lo he oído o lo he visto.  Tampoco puedo afirmar que la información que tengo se ajuste completamente a lo que leí, vi u oí, o es un mero sucedáneo interpretativo de la fuente original.  Un batiburrillo mental en toda regla. El caso es que cuando empecé a contarlo tenía todos los datos. Después de un rato de rebusca mental  sólo sé que no sé nada, que diría… este… ¡ah sí,Iñaki Urdangarin!

Tengo versiones de La canción del olvido a mansalva, pero no recuerdo más, otra vez será.  

Y no es que pierda la memoria, perdida no está porque yo recuerdo que he olvidado algo. Sé que sé algo, pero no sé  qué es. Entonces,  si no encuentro en mi memoria algo que sé que está ahí, ¿he perdido la memoria o he perdido lo que sé?  ¡Yo-qué-sé!