martes, 29 de octubre de 2013

1 y 2 de noviembre. No estás en lo que celebras -y van tres-.

Tumba de un blogger en México.

Con todo respeto por las creencias, tradiciones y sentimientos que conforman el legado espiritual de muchas personas.

Qué  sutil es el velo  que separa  los ritos  paganos ancestrales (Samhain, la fiesta druida de los muertos), y las prácticas religiosas y profanas actuales (el Día de Todos los Santos y Día de Difuntos).
Y así es como una pareja  dispar donde las haya, ha permanecido inseparablemente unida hasta el día de hoy:

En el siglo V a.c. Los celtas celebraban anualmente la fiesta de Samhain el 31 de octubre, cuando según ellos los fantasmas y demonios vagaban por la tierra. 

En el siglo I los romanos, conquistaron a los celtas y trataron de “civilizarlos”. Paradójicamente  adoptaron sus ritos espiritistas de la noche de Samhain en honor al dios Lugh y a los muertos.
  
En el  siglo VII el papa Bonifacio IV instituyó el día 1 de noviembre como el día de Todos los Santos, una fiesta para honrar a los mártires.
¡Que no podemos desarraigar del corazón de los nuevos conversos sus creencias paganas, le ponemos una pantalla cristiana! ¡Que la gente adora un árbol, no se lo cortamos, consagramos el árbol a Cristo y que sigan adorando al árbol!  ¡A eso le llamo yo diplomacia eclesiástica! Eso sí, lo mires por donde lo mires, no encaja con el concepto que transmite Santiago 1:27 de que la adoración a Dios sea “limpia e incontaminada”.

En el siglo XI, los monjes de Cluny (Francia) fijaron el 2 de noviembre como el día de los Difuntos, día en el que se elevaban plegarias para ayudar a las almas del purgatorio a alcanzar la gloria celestial. Aunque pretendía ser una fiesta católica, era obvio que la gente común mantenía un batiburrillo religioso considerable y lejos de que la nueva fe reemplazara a la vieja, se fundía con ella.

Sencillamente,  la realidad es la que define The Encyclopedia of Religion: “La festividad cristiana, el día de Todos los Santos, conmemora a los santos conocidos y desconocidos de la religión cristiana, tal como la fiesta de Samhain reconocía y rendía homenaje a las deidades celtas”.

Pero analicemos Viviendo de risa uno de los ingredientes más comunes del  Día de todos los Santos.  Las flores.

En la antigüedad, llevar flores a los muertos era un acto en defensa propia completamente justificado.  Los muertos se mantenían expuestos a la intemperie durante días para ser velados y rezar por ellos. Estando así la cosa, se  quemaba incienso y se llenaba de flores al difunto, para mitigar, digamos... el olor de la muerte.  La costumbre se extendió también al 1 de noviembre y llevar flores al cementerio ese día es algo que se hace independientemente de si uno es creyente o no.  Estoy  segura de que la intención es la misma que cantaba Antonio Machín: Dos gardenias para ti / con ellas quiero decir / te quiero, te adoro, mi vida.

Por cierto, ¿sabías que la palabra cementerio viene del griego y significa dormitorio? Me parece una palabra preciosa porque transmite la enseñanza bíblica de que los muertos están dormidos esperando la resurrección.

Pero, sigamos con nuestro análisis y veamos como esta costumbre puede convertirse en  un atentado contra la razón.

Las flores están sobrevaloradas. Llevamos flores a todos los muertos,a TODOS. A los que fueron alérgicos también. ¡Qué poca sensibilidad!   
Yo me pregunto: Si a mi marido nunca le regalo flores cuando está vivo,  ¿tiene algún sentido que se las regale cuando esté muerto? Yo creo que no.
¿Qué cosas le regalo a mi marido vivo? Lo que le gusta, lo que disfruta, algo que toque su fibra sensible. Algo personalizado, pensado únicamente para él. Un libro especial, el accesorio para la moto con el que sueña, una escapada de fin de semana. ¿No sería lógico que si quiero regalarle algo cuando esté muerto, le siga regalando las mismas cosas que le gustaban cuando  vivía? ¡Yo lo tengo clarísimo, cuando se muera le seguiré regalando escapadas de fin de semana!  Que no vaya, es cosa suya. Ya me apaño yo. Además, me comprometo a disfrutarlo como que si estuviera él... o más.
   
Otro ejemplo que confirma mi teoría es el que me proporciona la figura de un señor cercano a mi familia que  se pasó la vida odiando a las flores. Cada vez que podía, patada voladora y un tiesto menos. Si podía cargarse las rosas, geranios y hortensias que su hija cuidaba con esmero, lo hacía y se quedaba más ancho que largo. ¿Me puede alguien explicar que hace su familia llevándole flores año tras año? Como me decía una nieta suya, para ser consecuentes no habría que llevarle flores, habría que llevarle fármacos. Fármacos sí, es que era el Fernando Alonso de la  auto medicación. Se tomaba todas las pastillas que tenía a su alcance. Sólo diré que un día se tomó las pastillas de la perra para evitar el celo. Para evitar el celo de la perra, no del señor. Una perra sí, canina, de las que dicen guau. Una perra de agua cantábrica,  blanca, preciosa, comedora de chicle.
 
Pero, volvamos al cogollo del asunto. Meollo. Volvamos al meollo del asunto. No había nada en el mundo que le gustara más a este buen hombre que  un botiquín copiosamente abastecido. Así que, lo suyo como mucho, sería llevarle al cementerio un hermoso ramillete de hierbas medicinales, ¿o no?

¡Y no me digas que la persona que le llevó las flores al bloggero que yace en la tumba de la foto que encabeza este post no hubiera quedado mucho mejor llevándole una tablet!

Así es como lo veo desde mi entretenida forma de contemplar la vida... y la muerte. Por eso, si algún día me muero, no me lleves flores. Por tu propio bien te lo digo, ¡son carísimas! 

No me gusta nada eso de morirme, es lo último que pienso hacer. 
¿Te he dicho alguna vez qué es lo peor de la muerte desde mi perspectiva? ¡Que los demás sigan viviendo! ¡Si nos muriéramos todos a la vez,  sería mucho más llevadero! Pero,  pensar en morirme y que los demás sigan vivitos y coleando me cabrea mucho. ¡Qué falta de solidaridad! ¡La de ellos, claro! 

De todos modos, me conmueve la gente que cuida y hermosea las tumbas de sus seres queridos,incansablemente, sobre todo cuando no lo hacen en esta fecha señalada. Porque seamos conscientes de ello o no, cuando seguimos las costumbres el Día de Todos los Santos, estamos perpetuando  una fiesta ancestral de orígenes muy oscuros. 

En el Imperio romano los cristianos se aseguraban de cuales eran los orígenes de las costumbres de su tiempo y se negaban a participar en cualquier actividad que tuviera vestigios paganos. Sus vecinos veían esta negativa como una afrenta a su cultura y estilo de vida.  Minucio Félix, cita a un romano que reprocha a un cristiano conocido suyo: “No asistís a las representaciones escénicas; no presenciáis las procesiones públicas... detestáis los combates sagrados”. Está claro que no eran bien comprendidos, pero lo importante para ellos era que sabían por qué aceptaban o rechazaban  ciertas creencias y costumbres.


¿Lo sabemos nosotros o simplemente nos dejamos llevar?


"Y conocerán la verdad, y la verdad los libertará".-Jesucristo-