miércoles, 6 de noviembre de 2013

Despiste constante, fibroniebla al volante.

Viviendo de risa (Batallando sin prisa) Parte XI

Se habla mucho sobre las torpezas de las mujeres al volante. Que no digo yo que no haya Marías de Villota en potencia a patadas; pero hay un buen número,  entre las que me incluyo, que se las trae.
A estas alturas, todos los que me leen saben que no se pueden fiar de mí un pelo, mucho menos con un volante entre manos. Soy  un despiste con patas.

Como atenuante tengo que decir que coexisto con una pejiguera llamada fibroniebla. Para mí,  este es uno de los síntomas más discapacitantes en Fibromialgia y Síndrome de Fatiga Crónica. Como su nombre indica se trata de niebla cerebral, confusión mental. O sea, no esperes de mí que piense con claridad. Es lo que comúnmente se llama “estar espesa”.  Los síntomas varían de un día a otro y son la mar de entretenidos:

Dificultad para encontrar palabras conocidas. Imposibilidad de recordar.  Desorientación espacial y direccional. Falta de coordinación. Incapacidad para prestar atención a dos cosas a la vez, por lo que la tarea inicial desaparece cuando interfiere una segunda. Dificultad de concentración y problemas para gestionar la información que se recibe a través de la vista o el oído.  Alteraciones similares a la dislexia, disfasia, discalculia, y un sinfín de trastornos relacionados con el aprendizaje.

Es de suponer que todos estos síntomas por sí mismos, complican mucho la vida a cualquiera. Si a esto le añades la sobre dosis de despiste que me caracteriza y un coche entre manos,  el resultado puede ser tal que hay días que descarto conducir por el bien de los seres vivos  que se cruzan en mí camino.

Conducir con fibroniebla es igual a liarla parda. 

Este verano, sin ir más lejos,  me puse a salir del garaje marcha atrás y me llevé la puerta por delante. (¿Se puede decir que me llevé la puerta por delante si circulaba marcha atrás?) Pues eso, me llevé la puerta por delante porque no me di cuenta de que estaba cerrada. Me matas y te digo que antes de subir al coche abrí la puerta. ¡Yo la he visto abierta! Lo que ocurrió en realidad es que abrí una hoja pero mi cerebro nublado creyó que había abierto las dos y, catacrasss. ¡Uff! Lo más sabio que puedes hacer después de un percance así es coger el autobús, porque está claro que tienes un episodio de fibroniebla de los buenos.

En un día con fibroniebla  interpreto desastrosamente las señales en general y las de tráfico en particular. Tranquilamente puedo estar esperando a que cambie un semáforo que está en verde para arrancar en cuanto se ponga rojo. Me doy cuenta porque veo por el espejo retrovisor a un energúmeno dándome ráfagas como loco. ¡Va ser por eso que tocaba el claxon  con impaciencia mientras yo coreaba con Raphael eso de “a veces oigo sin querer algún murmullo y no hago caso y yo me río y me pregunto qué sabe nadie...”

Me lían mucho a mí las señales de tráfico.
Callejeando  por la ciudad, a punto estuve de pasar por una calle de dirección prohibida. Menos mal que la vi a tiempo y  seguí hasta tomar la siguiente intersección.  Cuando llegué a mi destino caí en la cuenta de que iba andando... ¡Menuda vuelta más tonta!

Hace poco estuve diez minutos dando vueltas por una gasolinera porque no encontraba la salida. Por todas partes había señales de dirección prohibida. Una cosa rarísima. Ahí estaba yo delante de una señal de tráfico, dándole vueltas a que algo no encajaba; hasta  que el que iba detrás de mí, me adelantó  y se fue.  Entonces lo vi más claro que el agua, ¡no eran señales de dirección prohibida, eran señales de stop!

Las gasolineras y yo no nos llevamos bien.  Me niego a repostar en las de autoservicio y no sólo porque un día estuve esperando media hora a que me sirvieran;  que el encargado del chiringuito estuvo llamándome por megafonía a grito pelao para decirme que me sirviera yo misma.

Que digo yo:   si las gasolineras son un servicio público ¿por qué me tengo que servir yo, sin manual de instrucciones y con la seguridad de que mis manos van a oler a gasolina tres días?  Si fueran más baratas me lo pensaría, pero al mismo precio no me da la gana. Que al precio que está el combustible tendrían que servirte la gasolina, un aperitivo y hacerte la manicura.  
Por eso huyo de los autoservicios y voy donde me pongan gasolina como se ha hecho toda la vida;  viene un señor,  te  llena el tanque y te da conversación, ¡cómo tiene que ser!  Bueno, pues un anochecer estuve más de veinte minutos esperando a que me pusieran gasolina... y nada, el señor no venía.  Le ponían a todo el que llegaba, menos a mí.  Así que ya un poco harta y con una carga irónica que no podía con ella, le digo al muchacho: -¿A mí cuándo me vas a poner gasolina?-  Y me contesta el hombre: -En cuanto te pongas delante del surtidor, que estás delante de una máquina expendedora-.

No suelo tener dificultades para aparcar. Para mí el principal  problema reside en desaparcar, porque es raro el día que recuerde dónde dejé el coche.  La situación más inverosímilmente embarazosa  de desaparque que he vivido  tuvo lugar  en un parking de Carrefour. Resulta que no había llevado mi coche sino el de unos amigos,  y cuando ya  me dirigía con la compra hacia el parking, lo de menos es que no supiera dónde había aparcado, ¡es que no recordaba que coche era! No tenía ni la más remota idea del modelo del choche, sólo sabía que era rojo. Así que ahí estaba yo luchando con un carro de la compra que tenía vida propia e iba para dónde le daba la real gana, en medio de un parking como un campo de fútbol  enchufando con la llave electrónica a todos los coches rojos que veía hasta que uno se abrió.   ¡Y luego me preguntan que por qué prefiero hacer la compra por internet! 


Otros sucesos dignos de mención tienen que ver con mis encuentros con la Guardia Civil de Tráfico. ¡Pobres!, yo creo que en el centro de formación no les prepararon para infractoras como yo... Pero eso te lo contaré otro día.