domingo, 5 de enero de 2014

El runrún de las narices...

Viviendo de risa (batallando sin prisa) Parte XII

Hoy me duele mucho la cabeza y necesito silencio, pero para mí el silencio no existe. Llevo un generador de ruido incorporado, 24 horas de ruidos sin opción de apagado.

Se dice que el ruido es un sonido que interfiere con las actividades, las conversaciones o el descanso. Tengo el enemigo en mi cabeza, y esta vez no hablo de los pensamientos negativos sino de un secador de pelo funcionando a perpetuidad e interfiriendo con la vida misma.

El nivel sonoro de mi cabeza no lo aceptaría ni la Agencia de Protección Ambiental. Menos mal que solo lo oigo yo, porque sino los de Control de Ruido ya me habían precintado la cabeza como medida de protección ciudadana.

A esta tortura incorporada los egipcios la llamaron el “oído encantado”, la denominación latina es “tin-ni-tus” que significa tintineo; pero como todo eso se queda muy corto yo le llamo: el runrún de las narices  y la madre que le parió. 

Pues sí, los acúfenos son la mar de entretenidos. Entretenidos pero desagradables. Y el tratamiento básicamente consiste en acostumbrarte a ellos.

Es la fascinante sensación de tener en la cabeza una campana extractora o un secador de pelo en constante funcionamiento, día y noche.

Recuerdo ruidos en mi cabeza desde que era niña.  Con decir que pensaba que todo el mundo oía ruido interior cuando se quedaba en silencio... Mi madre decía que yo tenía muchos pájaros en la cabeza, ¡qué va, eran las cataratas del Niágara en época de lluvias! 
Entonces era soportable porque eran ruidos que tal como venían se iban. Pero,  en los últimos años la cosa ha ido de mal en peor, y se han quedado definitivamente como un okupa molesto e insufrible.

Es que yo con los ruidos nunca me he llevado bien. Siempre me han hecho mucho daño los ruidos externos, porque, como ya he contado en otras ocasiones, tengo hiperacusia y todos los sonidos los oigo amplificados. Vamos, que  cuando  mi oreja recoge las  ondas sonoras, el sistema nervioso auditivo se echa  a llorar.

Antes, con la hiperacusia,  apagar la tv, la radio o la música, desconectar de los ruidos externos suponía un descanso. Ahora con los acúfenos,  necesito ruido externo para amortiguar el ruido interno. O sea, que pongo la tv, la radio o música para descansar. Ainss, la cosa está en escoger entre dos daños, a veces no sé por cuál decidirme... A ver, con qué me torturo hoy... 

Y todavía hay quien tiene Fibromialgia y pretende que la gente le entienda. Yo me parto y me mondo, que dice Luisma.  ¡A ver quién es el guapo que entiende el trajín que me traigo entre la hiperacusia y los acúfenos; que hasta mi otorrino se lamenta por no haber estudiado arqueología!

El gran problema es cuando aparece la jaqueca, que necesita silencio, tan absorbente y sensible ella. Yo ya le digo: a ver cómo te las arreglas,  que yo lo único que puedo hacer por ti es dejarte a oscuras y  pedirle al Dr. House que me haga una punción lumbar, que por lo visto sirve para todo. 

Y como la necesidad aguza el ingenio, he conseguido que mis acúfenos tan insoportables y monótonos ellos  se transformen en un sonido hipnótico con el que consigo quedarme dormida.

Comprenderás que esto puede provocar muchísima angustia. Mucha. Menos mal que en  las investigaciones recientes no se han limitado a estudiar las causas auditivas, sino que están indagando también en los factores neurológicos. Ya verás como en esto también está metido el dichoso  hipotálamo y en cuanto alguien le ponga en su sitio, se nos acaban los problemas.

Mientras tanto, piensa que, como todo en la vida,  la gravedad de los síntomas depende mucho de la actitud de cada uno frente al problema. Los acúfenos pueden ser un tormento como te obsesiones con ellos. En tu mano está quitarle la carga psicológica negativa que implican.  Céntrate en lo que haces y no en lo que oyes. A veces,  hay que dejar de escucharse a uno mismo.  

Pero sobre todo, si no puedes con los acúfenos, ríete de ellos.