lunes, 8 de septiembre de 2014

La Guardia Civil de Tráfico; de carne y hueso.

Batallando sin prisa. Parte XXIV

Me acabo de acordar de que en noviembre dejé pendiente el tema de mis percances con la Guardia Civil de Tráfico (en adelante GCT). ¡No sé cómo se me ha podido olvidar! En realidad, lo que no sé es cómo me he vuelto a acordar.  

Es que todos mis encuentros con la GCT han sido memorables. Escasos, pero intensos. ¡Cómo serán que no los he olvidado, con lo que soy yo!

Vamos a ello.

Como diría Adso de Melk:  “Tampoco te he prometido una descripción satisfactoria de lo que allí sucedió, sino solo un registro de hechos (eso sí) asombrosos y terribles... y ojalá mi mano no tiemble cuando me dispongo a narrar lo que sucedió...”  

Por muy inverosímil que parezca todo lo que cuento a continuación, créeme que no exagero  una pizca. A ver cómo me las arreglo para ponerlo por escrito, que no soy Umberto Eco.

Mi primer encontronazo  con la GCT fue a los 18 añitos. Estrenando carnet de conducir, como quien dice. La verdad es que ya entonces apuntaba maneras.  Yo, no la GCT.

Por aquella época, los conductores noveles también teníamos que llevar la L bien visible en la parte posterior izquierda del vehículo.  Que muchos dirán ¿por qué una L y no la Z del Zorro que es como se sienten la mayoría de los conductores noveles? Pues porque la Z puede traernos a la memoria a Zara y es publicidad subliminal a lo tonto. 

Por cierto, que Zara no era el nombre que Amancio iba a poner a su firma, sino Zorba. Pero en el Registro el nombre ya estaba pillado. Así que, allí mismo,  con la colaboración del  funcionario de turno, después de varios minutos dando vueltas a las letras  le llamaron Zara.

¡Ah, qué por qué la L!  Viene de la palabra inglesa “learner”, que quiere decir aprendiz. No hay más misterio. 

Pues eso, que por aquella época, los conductores noveles además de llevar la L bien visible, tenían prohibida  la conducción, creo recordar, desde las 14 horas del sábado hasta el lunes.

Bueno, pues, iba yo conduciendo un sábado a las 13 horas, con mi padre de copiloto y la GCT pisándonos los talones.  Así me tuvieron más de 10 kilómetros, hasta que me adelantaron y me hicieron señales para que me detuviera. ¡Qué nervios, qué nervios, qué nervios!

La conversación se desarrolló de la siguiente manera:

-¿A dónde se dirige?
-A Unquera.
-¿Sabe qué hora es?
-La una de la tarde más o menos.
-Y, ¿sabe que no puede conducir después de las dos?
-Pues claro, me acabo de sacar el carnet.
-Y, ¿cómo piensa volver?
-Es que no voy a volver... voy,  y me quedo. 

¿Se puede ser más... humano?  

Si es que hay que desmitificar a la GCT. Son de carne y hueso. Algunos de más carne que hueso. Doy fe.  

Pues fue en ese primer encuentro dónde me di cuenta de que era poseedora de  un enorme potencial. Y hasta el día de hoy  ¡ni una multa, oye!

Recuerdo otra vez... iba  mi marido de copiloto... esa sí que fue memorable... 

Ya te lo puedes imaginar:

-¡Qué haces locaaaaa!
-Adelantar a este memo que llevo delante.
-¿En una raya continua?
-Una raya continua, una raya continua... ¿Qué raya continua?
-Una línea blanca longitudinal continua pintada sobre la carretera. ¡Que te la acabas de saltar!  Eso sí,  no la has pisado... la cogiste antes de que empezara y hasta que finalizó no has vuelto  a la derecha... pisar no la pisaste... pero,  a ver cómo se lo explicas ahora a la policía, que no me quiero perder detalle...

- Buenos días.
- Buenos días,  agente.
-Ha rebasado usted la linea continua.
-Eso mismo dice mi marido. Yo,  no la he visto...  pero si ustedes lo dicen... habrá sido poca cosa, ¿a que sí?
  
Esto lo dije con carita de gato de Shrek. 


El agente me miró así:


-Sí, ha sido poca cosa... ande,  siga usted.

Descoloque total.   
El hombre se quedó perplejo, mi marido, muerto.  

Después de aquello, han pasado décadas  sin que me volviera a parar la GCT. Años sumida en la monotonía del pilotaje sin un GCT a quien frustrar. ¡Cuánto les he echado de menos!

Hasta hace relativamente poco (es que lo de medir el tiempo  no es lo mío) que,  nos volvieron a parar. 

Marco de circunstancias: Ruta motera corta de domingo por la tarde. Miguel y Flori en su moto y nosotros en la nuestra (que lo de ir cuatro en una moto lo dejamos para la Isla de Santo Domingo en el archipiélago de las Antillas Mayores. ¿No me digas que no queda mejor esto que República Dominicana?), una raya continua y un autobús que tenía su parada en mitad de la carretera.  

-Ha rebasado usted la raya continua...

Ahí empezó todo. Y que conste que empezó él. 

Nos bajamos de las motos. Mientras uno de los agentes consulta unas cosas con la central, porque a Miguel le faltaban unos papeles,  yo me siento en la cuneta mientras me quito el casco. 

El segundo agente, muy joven él,  se acerca  y me dice: 

-¿Le pasa algo?
-Sí, que me acabas de estropear la tarde. ¿Te parece poco?
-Mujer, no se ponga así, peor sería que hubiera tenido un accidente.
-Mira, lleváis siguiéndonos unos cuantos kilómetros a ver si metíamos la pata, y no hemos cometido ni una sola infracción.
-No, si se nota que vais de paseo. (Ahí empezó a tutearme él también.
-Claro, y habéis visto el cielo abierto al ver que el autobús tiene la parada en mitad de la carretera y le hemos adelantado a diez por hora, ¡fíjate tú que imprudencia, vamos a por estos terroristas del asfalto! 
¡La primera salida de la primavera, qué maravilla!
-Mujer,  no te pongas así. La primera salida que tuvimos mi mujer y yo en moto terminó en el hospital. Eso es peor. 
-Jo, qué pena,  por tu mujer lo digo... 
No me extraña que tengáis tan mala fama, os la ganáis a pulso.

Ahora el muchacho pone carita de gato de Shrek y me dice:

-Pues en mi casa me quieren...
Y yo le contesto:
-En tu casa seguro que eres un cielo, pero te pones ese uniforme y mira en lo que te conviertes...
-Y,  ¿no te da pena que tengo que trabajar un domingo por la tarde?
-Sí, esta noche no ceno del disgusto. 
-Es una pena que no terminamos ahora el servicio, si no, nos íbamos a tomar un café con vosotros y quedábamos tan amigos. 
-Muy amigos, muy amigos, pero la multa no nos la quitas...
-Eso no, pero a tus amigos no les inmovilizamos la moto, ¿qué más quieres de mi?


Acabó todo el mundo partiéndose de risa, menos yo.

A mi es que las multas me ponen de muy mala milk. 

Y ahora dime: ¿Son o no son de carne y hueso?