martes, 10 de noviembre de 2015

Le quiero sin turbo... yo misma te turbo.


Batallando sin prisa. Parte XXVI

Se ha escrito mucho sobre como el estrés influye en las decisiones que tomamos, pero muy poco sobre como el tener que tomar una decisión puede proporcionar cantidades industriales de estrés. 

En mi caso, y creo que en el de muchas personas con Fibromialgia (FM), es la toma de decisiones lo que me produce estrés, y no al revés. ¡Vamos, que enfrentarme a una decisión, y que el hipotálamo desate todas las alarmas, y las suprarrenales den rienda suelta al cortisol, es todo uno!


Desde las cosas más nimias a las más importantes, decidir me produce estrés del malo. Hay pocas cosas que me agoten más que tomar una decisión. 
Hay días en los que me pongo a pensar en qué ropa ponerme y mi organismo se coloca en modo metabolismo catabólico, como si del fin del mundo se tratará. Lo que se llama un auténtico catabolismo... ummm... cataclismo.

Este proceso tengo que estudiarlo más a fondo porque si lo que hace el catabolismo es tomar las sustancias de mi cuerpo para transformarlas en energía, no me explico que tenga tan poca. 
A parte de que según este comportamiento catabólico, el estrés me debería adelgazar, y cada día me parezco más a una modelo de Botero.

Sea, como sea, la cosa es que tomar decisiones me mata. Por eso, cuando he tomado una, es más firme que una sentencia del Tribunal Supremo.

Bueno, pues hace un par de meses decidí comprarme un coche. Pura necesidad, que mis caprichos no van más allá de chocolate... un concierto de Raphael... un viaje al Caribe de vez en cuando... cositas así.

No podía enfrentarme a tomar una decisión tan desbordante en un concesionario, a merced de un/a vendedor/a al que no le importan mis necesidades, y mucho menos mis posibilidades. La decisión tenía que tomarla en casa, sin prisas, y con el hipotálamo en modo relajación.

Tras una ardua tarea de investigación por Internet, ya sabía lo que quería; un buen coche, con materiales de calidad, sistemas de seguridad, de bajo consumo, y de bajo coste. No necesito un coche inteligente. Quiero un diseño inteligente. Y barato. Quiero un coche básico, sin extras, sin tonterías. Y barato. Uno con ABS, con ESP, con EBD, con EBA, airbags frontales y laterales, sensor de inflado de ruedas. Y barato. Sin radio, sin aire acondicionado, sin elevalunas eléctrico, sin cierre centralizado, sin cenicero. Sin todo.

Después de unas cuantas semanas viendo páginas de coches del derecho y del revés, ya estoy convencida y decidida. Preparada para acercarme a un concesionario Renault, mantener una lucha titánica con el/a vendedor/a, y plantarme en mis trece. 
Me siento como aquellos gladiadores que decía Séneca: “Peleadores de mediodía que salen sin ningún tipo de armadura y que se exponen sin defensa a los golpes”.

Mi defensa será mi firmeza... y mi lengua, que la llevo cargada. Ni una concesión. 
“De comerciante escondido te tienes que defender, en cuanto estés distraído algo te querrá vender… Que no te vendan de nada que tú no quieras tener”, que cantan mis maestros Les Luthiers.

Me fue a tocar la vendedora charlatana, embaucadora, enredadora… Lo veo en sus ojos. En sus ojos, y en que me dijo mi marido: no te fíes un pelo de la rubia. Y va, y me toca la rubia.

-Quiero un Dacia Sandero, básico. BÁ-SI-CO.

-Buena elección. Pero, permíteme que te enseñe un Sandero Stepway, te va a encantar su diseño aventurero y robusto- dice la rubia.

-Sí, me encanta, tengo un marido así. Pero como coche prefiero el básico; digno y barato.

Me ha mirado raro, la pobre.

-Muy bien, pero el básico es muy… simple.

-Sencillo, le llamo yo. Mira, para que me entiendas te diré que no me compro un cuatriciclo porque no puede circular por la autovía.

Así que la mujer me enseña un Sandero, a secas.

- Este es básico, con algunos extras...

- No quiero más extras que la rueda de repuesto.

- ¡Mujer, por lo menos cierre centralizado le pondrás!

- ¡Qué va! Yo quiero una llave como las de toda la vida, de las que se meten por la cerradura, y que cada puerta se cierre por separado, que el centralizado se rompe y a aparte de marearte un rato, cuesta un riñón repararlo.

- Y, ¿aire acondicionado?

- Uff, ¡qué va! El aire acondicionado se acciona con el motor y hace que vaya más forzado, por lo que consume más. Además, la acumulación de humedad en los conductos provoca bacterias, y moho. Y aparte de que apestan, dan una alergia asquerosa.

La rubia me mira mal, lo noto. Pero no se da por vencida, no.

- ¡Mujer, elevalunas eléctrico le tienes que poner!

-Quita, quita... eso es peligrosísimo. Te caes al río y ¡no puedes abrir la ventanilla!

La rubia alucina, te lo digo yo. Pero es insistente como nadie.

- Radio le pondrás. ¡Sin música no se puede vivir!

-No te preocupes que ya canto yo...

Y ella, incansable.

- Aquí lo normal, es que todo el mundo diga: Por un poco más... por un poco más...

- Ya, ya, y por un poco más te gastas 3.000 euros en tonterías innecesarias. Yo quiero un coche para ir a casa de mis padres y poco más. 

- Y tienes muy claro lo que quieres. Me parto contigo.

Eso no sé si es bueno o malo. 
El caso es que salí del concesionario con mi Sandero BÁSICO, y BARATO. 
5 años de garantía, seguro a todo riesgo gratis por un año, 2 años de mantenimiento gratis, seguro de sustitución gratis por dos años. 
No me ha podido ir mejor. La planificación cuidadosa, las ideas claras y no dar un paso atrás, reducen el estrés. Hazme caso. 


Y aquí está mi Sandero que es más majo que todas las cosas. Visita la gasolinera una vez al mes, con eso lo digo todo. Le he puesto de nombre Úh! como guiño a Juan de la Cosa; porque la COSA lo merece.   

Dacia Sandero-Básico.