lunes, 23 de mayo de 2016

Fibroniebla al cuadrado, batacazo asegurado.

Batallando sin prisa. Parte XXVII

Hay rachas en las que sería mejor que me anestesiaran una temporada. Ahora estoy pasando por una de ellas.

Lo peor del cansancio de la Fibromialgia no es quedarse sin energía, es que atrae a la fibroniebla como la luz a los mosquitos. Cuando las dos cosas convergen, mi capacidad cognitiva se reduce a la de una ameba durmiente. Lo mejor en esos casos es hacerte un ovillo y no salir de la cama, pero cuando tienes una madre con noventa y tres años, tienes que espabilar sí o sí, aunque solo sea para que sienta que estás allí y le haces compañía. Y a mi madre, que se conforma con poco, le basta con una ameba durmiente.

Bueno, pues hace un par de semanas, tenía un día de esos que había que espabilar como fuera. Cogí el coche y pasé por el supermercado antes de recorrer los cincuenta kilómetros que distan de mi casa a la de mis padres. Hice la compra completamente segura de que me dejaba algo, porque los que dicen que hay que elaborar una lista de la compra para no olvidar nada, no caen en la cuenta de que primero hay que saber lo que vas a anotar en la lista y a mi eso rara vez me sucede.

Pues con esa fatiga típica de la Fibromialgia, que parece que llevo acumulando cansancio desde que nació John F. Kennedy. Jr*, con una capacidad cognitiva más mermada que si hubiera hecho la Ruta de Vinotecas de la Guía Repsol y, más agotada que los puntos del carnet de Kiko Rivera, ¿a quién se le ocurre coger el coche? A mi. Y no es que sea original, es que tengo más peligro que Isabel Pantoja jugando al Monopoly.

A esto hay que sumarle que llevo unos meses con una frecuencia cardíaca de 120, 130 pulsaciones por minuto, a todas horas. ¡Vamos, que tengo el pulso como para robar panderetas!

Total, que estoy muy cansada, pero más acelerada que una peli de cine mudo. Embalada, pero aturdida. (Embalada digo de ir a toda velocidad, no de empaquetada, aunque a veces me siento como si lo estuviera). Vertiginosa, pero atarugada. Medio zombi, medio tarumba, medio atosigada. Puedo liarla y la lío, seguro.

El aparcamiento subterráneo del supermercado estaba más desierto que un concierto de Toño Sanchís. Entero para mi sola. Lleno de columnas, eso sí. Deben ser columnas cojoneras (como las moscas). De esas que cuando no miras se cambian de sitio, porque si no, no me lo explico. Me matas y te digo que esa columna no estaba allí cuando empecé la maniobra de desaparque. Desde luego hay columnas con muy mala leche y fui a tropezar con una. La verdad es que hace 37 años que conduzco y hasta ahora, yo no me metía con ellas y ellas no se metían conmigo. Hasta ahora.

Y no vayas a creer que fue un rasponazo. ¡Qué va, fue un batacazo en toda regla! Le tuvieron que cambiar la aleta delantera izquierda al Sandero. Se me parte el corazón.  

Que dice un amigo mío que si tuviera cámara trasera no me habría pasado eso, pero como me empeñé en comprar un coche básico... ¡Pero, qué dices alma cándida, si la columna no la tenía detrás, sino delante! ¡Qué la habría visto hasta Rompetechos!

Una vez superado el disgusto, y como mi máxima en la vida es que todo lo que te pasa tiene algo bueno y solo hay que saber encontrarlo, esta contrariedad con la columna no iba a ser menos. El percance ha despertado mi conciencia social como víctima de las columnas de aparcamientos subterráneos y voy a crear una petición en change.org para que se construyan todos los aparcamientos como este. 
Aparcamiento subterráneo sin columnas



*John F. Kennedy. Jr nació en 1960, un día antes que yo.